“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” — 2 Timoteo 1:7
El miedo es una emoción humana. Todos lo experimentamos. El problema no aparece cuando sentimos miedo, sino cuando permitimos que el miedo tome decisiones que deberían estar guiadas por la fe.
El miedo puede comenzar con una pregunta: “¿Y si sale mal?”
Y convertirse rápidamente en una cadena de pensamientos:
- “No estoy preparado.”
- “No va a funcionar.”
- “Otros lo harán mejor.”
- “Quizás esto no es para mí.”
Poco a poco, aquello que comenzó como una emoción termina convirtiéndose en una dirección.
Y cuando el miedo comienza a dirigir nuestra vida, dejamos de caminar hacia lo que Dios tiene para nosotros.
Una de las escenas más conocidas de los evangelios ocurre cuando Pedro ve a Jesús caminando sobre el agua.
Pedro hace algo extraordinario: sale de la barca. Mientras mantiene los ojos puestos en Jesús, camina sobre las aguas. Pero entonces mira el viento. Mira las olas. Mira la circunstancias. Y comienza a hundirse. El agua no cambió. El viento tampoco. Lo que cambió fue su enfoque.
Pedro comenzó mirando a Jesús y terminó mirando aquello que tenía alrededor.
El miedo tiene una capacidad peligrosa: puede hacer que un problema parezca más grande que Dios.
No necesariamente porque el problema sea pequeño, sino porque nuestra perspectiva se ha desplazado.
Cuando miramos constantemente las circunstancias, terminamos interpretando a Dios a través de ellas.
Pero cuando miramos a Dios, comenzamos a interpretar las circunstancias desde Su carácter.
La fe no significa negar que existen problemas. Significa recordar que los problemas no tienen la última palabra.
El miedo también puede disfrazarse de prudencia. No todo lo que parece prudencia es prudencia.
A veces decimos: “Estoy esperando el momento correcto.” Pero en realidad estamos evitando dar el paso.
Decimos: “Necesito estar más preparado.” Pero en realidad tenemos miedo de fracasar.
Decimos: “Quizás Dios no me está llamando.” Cuando quizá simplemente estamos buscando una razón para no obedecer.
- La prudencia busca dirección.
- El miedo busca excusas.
Moisés sintió que no podía hablar. Jeremías pensó que era demasiado joven. Gedeón se consideraba demasiado pequeño. Los discípulos no eran precisamente el equipo más preparado del mundo. Pero Dios nunca ha dependido de personas que se sienten suficientes. Él trabaja con personas que reconocen su dependencia. Por eso el mensaje de Pablo a Timoteo no es simplemente “sé valiente”. Es mucho más profundo: Dios ya te ha dado lo necesario para caminar en aquello a lo que te ha llamado.
- Poder.
- Amor.
- Dominio propio.
Aplicación práctica
- Identifica qué decisión estás posponiendo por miedo.
- Pregúntate si estás buscando dirección de Dios o simplemente seguridad personal.
- Recuerda momentos en los que Dios ya te ayudó a atravesar situaciones difíciles.
- Da el siguiente paso, aunque todavía no tengas todo el camino resuelto.
Quizás el mayor obstáculo entre tú y aquello que Dios quiere hacer no sea la falta de capacidad. Quizás sea el miedo. No necesitas dejar de sentir miedo para comenzar a caminar por fe. Pedro salió de la barca mientras todavía había viento. La fe no espera a que desaparezca la tormenta. La fe decide quién tendrá la última palabra en medio de ella. No permitas que el miedo escriba el próximo capítulo de tu historia. Pon tus ojos en Cristo, da el siguiente paso y recuerda:
Dios no te llamó para que caminaras dependiendo de tu propia fuerza, sino confiando en la suya.

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