Cuando la corrección también es una forma de amor

“El que ama la instrucción ama la sabiduría; mas el que aborrece la reprensión es ignorante.”
Proverbios 12:1

Hay palabras que nos gusta escuchar y otras que preferiríamos no recibir nunca.

Nos gusta que nos animen, que reconozcan nuestro esfuerzo y que nos digan que lo estamos haciendo bien. Pero cuando alguien señala algo que debemos cambiar, nuestra reacción puede ser muy diferente.

Nos defendemos. Nos justificamos. Buscamos explicaciones. Recordamos todo lo que hemos hecho bien. Y, en ocasiones, terminamos rechazando a la persona que nos está mostrando algo que necesitamos ver.

Sin embargo, en la vida cristiana necesitamos aprender algo fundamental: No toda corrección es rechazo. A veces, la corrección es precisamente una expresión de amor.

1 – La corrección no siempre significa que hayas fracasado

Recibir una corrección puede hacernos sentir que hemos quedado expuestos o que hemos decepcionado a alguien.

Pero equivocarnos no nos convierte en un fracaso. Pedro tuvo que ser corregido. Pablo tuvo que ser corregido. David tuvo que ser confrontado por Natán. Incluso los discípulos tuvieron que escuchar muchas veces de Jesús palabras que confrontaban sus pensamientos y actitudes.

La diferencia no está en no necesitar corrección. La diferencia está en qué hacemos cuando la recibimos. Una persona madura no es aquella que nunca necesita ser corregida. Es aquella que puede escuchar, evaluar y permitir que Dios utilice incluso una palabra incómoda para hacerla crecer.

2 – Nuestro orgullo puede defender aquello que Dios quiere transformar

Hay una parte de nosotros que quiere tener siempre la razón.

Cuando alguien nos señala algo, rápidamente encontramos una explicación:

  • “Lo hice porque…”
  • ⁠“Pero él también…”
  • ⁠“No fue exactamente así…”
  • ⁠“Si hubieran entendido mi intención…”
    Y quizá algunas de esas explicaciones sean ciertas. Pero existe una pregunta todavía más importante: ¿Hay algo de verdad en lo que me están señalando?

No necesitamos aceptar automáticamente toda crítica que recibamos. La Biblia tampoco enseña eso. Pero sí necesitamos tener suficiente humildad para examinar nuestro corazón.

Proverbios 15:31 dice: “El oído que escucha las amonestaciones de la vida, entre los sabios morará.”

Escuchar no significa estar de acuerdo con todo. Significa tener la humildad suficiente para considerar que quizá Dios quiera mostrarnos algo.

3 – La corrección puede protegernos de problemas mayores

Una pequeña grieta en una pared puede parecer insignificante. Pero ignorarla durante años puede terminar comprometiendo toda una estructura.

Con nuestro carácter ocurre algo parecido. Una actitud que hoy parece pequeña puede convertirse mañana en un problema mucho mayor si nunca permitimos que Dios la trate. Una palabra áspera. Una falta de dominio propio. Una actitud de superioridad. Una incapacidad para pedir perdón. Una tendencia a controlar. Una forma incorrecta de tratar a otros. Son cosas que quizá podamos justificar durante un tiempo. Pero aquello que no permitimos que Dios corrija puede terminar gobernando áreas enteras de nuestra vida.

La corrección temprana puede evitar heridas profundas después.

4 – Jesús corregía sin dejar de amar

Jesús nunca tuvo miedo de confrontar aquello que necesitaba ser confrontado. Pero su corrección nunca tuvo como objetivo destruir a las personas.

Cuando Pedro actuó incorrectamente, Jesús lo confrontó. Cuando los discípulos discutían sobre quién era el mayor, Jesús trató con su orgullo. Cuando Marta estaba afanada, Jesús habló a su corazón. Cuando Pedro negó al Señor, Jesús no terminó su historia ahí.

Después de la resurrección, Jesús volvió a encontrarse con él. Lo confrontó, sí. Pero también lo restauró. Esto nos muestra algo poderoso: La verdadera corrección bíblica no busca humillar a una persona, sino ayudarla a volver al lugar correcto.

Por eso también debemos aprender a corregir de la manera adecuada. No desde la superioridad. No desde la ira. No para demostrar que tenemos razón. Sino buscando restauración.

Gálatas 6:1 dice: “Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre.”

5 – Hay una pregunta que puede cambiar nuestra manera de recibir corrección

La próxima vez que alguien te diga algo que te incomode, antes de defenderte inmediatamente, hazte esta pregunta: “Señor, ¿qué quieres enseñarme a través de esto?”

Puede que la persona esté equivocada. Puede que su forma de decirlo no haya sido la mejor. Puede que incluso haya una parte de lo que dice con la que no estés de acuerdo. Pero aun así, Dios puede utilizar esa situación para mostrarte algo. Porque la madurez espiritual no consiste en conseguir que nadie nos corrija. Consiste en llegar al punto en el que nuestro corazón está más interesado en crecer que en tener siempre la razón.

Para esta semana piensa en alguna corrección que hayas recibido recientemente. No te preguntes solamente: “¿Tenía razón esa persona?”. Pregúntate también: “¿Hay algo que Dios quiera trabajar en mí a través de esta situación?”

Quizá la corrección que más te molestó sea precisamente la que más necesitas escuchar. Porque Dios no corrige para alejarnos de Él. Muchas veces nos corrige porque quiere llevarnos más lejos de donde estamos. Y aprender a recibir corrección también es una forma de crecer en sabiduría.

0 comentarios