Una carta de amor para mis hijos e hijas

«No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú. Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo». (Isaías 43:1-2)

Querido hijo, querida hija:

Si pudieras mirar tu vida a través de mis ojos, quizá dejarías de tratarte con tanta dureza.

Quizá comprenderías por qué sigo teniendo paciencia contigo, por qué no me canso de llamarte y por qué, incluso en esos días en los que tú mismo no sabes qué hacer con tu vida, sigo invitándote a acercarte a mí.

Sé que estás cansado algunas veces.

Sé que hay batallas que no le cuentas a nadie, pensamientos que te cuesta expresar y preguntas para las que todavía no encuentras respuesta.

Sé que hay días en los que sonríes delante de los demás mientras, en tu interior, estás intentando encontrar fuerzas para continuar.

También conozco tus miedos, tus decepciones, tus errores y esas heridas que has aprendido a esconder porque piensas que nadie las entendería.

No necesitas explicármelo todo para que yo te comprenda.

Te conozco incluso en esos lugares de tu corazón a los que todavía no has encontrado palabras para llegar.

Y quiero que recuerdes algo: no tienes que fingir delante de mí.

No tienes que aparentar que eres fuerte cuando estás agotado. No tienes que esconder tus lágrimas para demostrar que tienes fe. No tienes que encontrar todas las respuestas antes de acercarte a mí.

Puedes venir tal como estás. Con tus dudas. Con tus preguntas. Con tu cansancio. Con tus alegrías y tus tristezas. Con aquello que has conseguido y con aquello en lo que has vuelto a fallar.

No te estoy pidiendo que representes una versión perfecta de ti mismo. Te estoy invitando a caminar conmigo mientras sigo trabajando en tu vida.

Hijo mío, hija mía, no confundas tu valor con tus resultados. Sé cuánto te esfuerzas por hacer las cosas bien.

Sé cuánto deseas que algunas personas te quieran, que otras te comprendan y que ciertas situaciones finalmente cambien.

Sé que, en ocasiones, te comparas con los demás y sientes que vas demasiado despacio.

Miras sus avances, sus oportunidades, sus familias, sus relaciones o sus logros, y comienzas a preguntarte por qué tu historia parece tan diferente.

Pero quiero que entiendas algo: tu valor no aumenta cuando todo te sale bien ni disminuye cuando atraviesas una temporada difícil.

No eres más amado cuando aciertas ni menos digno de amor cuando necesitas ayuda.

No tienes que competir para merecer un lugar. No tienes que demostrar constantemente que eres suficiente.

Antes de que consigas aquello que tanto deseas, antes de que otros reconozcan tus esfuerzos y antes de que puedas comprender el sentido de muchas cosas, tu vida ya tiene valor.

No permitas que el mundo te convenza de que solo mereces amor cuando eres útil, exitoso, fuerte o capaz de resolverlo todo.

Yo no te llamé a vivir esclavo de la necesidad de demostrar quién eres.

Quiero que aprendas a vivir desde la seguridad de saber que eres amado.

Sé que hay cosas que te duelen y que no comprendes. Quizá estás atravesando una pérdida. Quizá alguien a quien amabas te decepcionó. Quizá has hecho todo lo que estaba en tus manos y, aun así, las cosas no han salido como esperabas. Quizá has orado durante mucho tiempo y todavía no has visto la respuesta que anhelas.

Y tal vez te hayas preguntado si te he escuchado, si me importas o si me he olvidado de ti.

No voy a pedirte que finjas que no duele.

El dolor existe. Las despedidas duelen. La incertidumbre pesa. Hay temporadas en las que levantarse cada mañana requiere más valentía de la que otros imaginan.

Pero no interpretes cada dificultad como una señal de que estás solo.

En mi Palabra te he dicho: «Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo». — Isaías 43:2

Observa que no dice que nunca pasarás por las aguas.

Dice que no tendrás que atravesarlas sin compañía.

No siempre comprenderás por qué una puerta se cerró, por qué una persona se marchó o por qué una respuesta tarda tanto en llegar. No voy a prometerte que cada situación cambiará cuando tú quieras.

Pero puedes descansar en que tu dolor no me resulta indiferente.

No tienes que entender todo el camino para dar el siguiente paso.

Y cuando no tengas fuerzas para recorrerlo entero, concéntrate en dar ese pequeño paso de hoy.

No necesitas resolver toda tu vida esta mañana. Necesitas recordar que no tienes que vivirla sin esperanza.

Cuando te equivoques, no te escondas de mí. Sé que hay decisiones que desearías cambiar. Palabras que nunca debiste pronunciar. Oportunidades que dejaste pasar. Personas a las que heriste. Y quizá también haya momentos en los que te hayas prometido que no volverías a caer, pero terminaste enfrentándote otra vez a tu debilidad.

No quiero que llames bueno a lo que está mal ni que utilices mi amor como excusa para no cambiar.

Quiero que tengas el valor de reconocer tus errores, pedir perdón, reparar lo que puedas y aprender a caminar de otra manera.

Pero tampoco quiero que conviertas tu fracaso en una condena permanente.

Pedro me negó, y sus lágrimas fueron reales. Sin embargo, su historia no terminó en aquella noche. Volví a encontrarme con él y le confié una responsabilidad.

Su caída no fue algo insignificante, pero tampoco fue más grande que la posibilidad de restauración que encontró en mí.

Por eso, cuando falles, no confundas el arrepentimiento con el deseo de castigarte para siempre.

Reconoce lo que has hecho. Acércate a mí con sinceridad. Permite que te corrija y te enseñe.

No te estoy invitando a permanecer en tus errores, sino a no permitir que tus errores te impidan volver a mí.

No tienes que ser fuerte todo el tiempo. Tal vez llevas mucho tiempo siendo quien sostiene a los demás. Quien escucha. Quien resuelve. Quien se preocupa por todos. Quien intenta que su familia esté bien, que sus amigos no sufran o que las personas que ama nunca se sientan solas.

Y quizá, de tanto cuidar a los demás, has olvidado que tú también necesitas ser cuidado.

Puedes descansar. Puedes reconocer que algo te supera. Puedes pedir ayuda. Puedes hablar de lo que te ocurre sin sentir que estás decepcionando a nadie.

No eres menos valioso por necesitar compañía. No tienes menos fe por atravesar un día difícil. Y no tienes que ocultar tu tristeza para proteger la imagen que otros tienen de ti.

Recuerda que yo también lloré.

Lloré ante la tumba de Lázaro. Sentí angustia en Getsemaní. Conocí el peso de la tristeza.

Tus lágrimas no me resultan extrañas. No tienes que avergonzarte de ellas.

Y si llega un momento en el que el dolor sea demasiado pesado para llevarlo solo, busca también a personas de confianza que puedan acompañarte y ayudarte.

Pedir ayuda no te aleja de la fe. A veces es una manera de permitir que el cuidado llegue a ti a través de otras personas.

Aunque crezcas, nunca dejarás de necesitar amor.

Quizá eres un niño que todavía está intentando comprender el mundo.

Quizá eres un adolescente que busca su lugar y teme no ser aceptado.

Quizá eres un joven que tiene que tomar decisiones importantes sin saber si está preparado.

Quizá eres un adulto que siente el peso de las responsabilidades, las cuentas, la familia y las expectativas de los demás.

O quizá llevas muchos años viviendo y, aunque has aprendido muchas cosas, todavía hay heridas que necesitan atención y preguntas que siguen esperando respuesta.

No importa en qué etapa estés. No tienes que fingir que ya deberías saberlo todo. Crecer no significa dejar de necesitar amor. Madurar no significa dejar de sentir miedo. Envejecer no significa dejar de necesitar compañía. Y haber pasado por muchas dificultades no significa que debas ser capaz de soportarlas todas sin ayuda.

Cada etapa trae desafíos diferentes, pero ninguna te obliga a caminar sin esperanza.

Permítete aprender. Permítete cambiar de opinión cuando descubras que estabas equivocado. Permítete comenzar de nuevo cuando sea necesario. Y no te avergüences de necesitar consuelo, incluso cuando los demás crean que ya eres lo suficientemente fuerte para no necesitarlo.

Si hoy no puedes ver el futuro, mira el paso que tienes delante. Sé que te gustaría tener todas las respuestas.

Quisieras saber cómo terminará esta historia, cuándo llegará esa oportunidad, si aquella herida sanará o si algún día comprenderás por qué tuviste que atravesar ciertas experiencias.

Pero no siempre podrás ver el camino completo. Y eso no significa que tu historia haya perdido su sentido.

No tomes una temporada difícil como una sentencia sobre el resto de tu vida.

No decidas que nunca volverás a ser feliz porque hoy estás triste.

No concluyas que nadie podrá amarte porque alguien no supo hacerlo.

No pienses que todo está perdido porque algo importante no salió como esperabas.

Hay cosas que todavía no sabes.

Hay procesos que necesitan tiempo.

Hay decisiones que tendrás que tomar con sabiduría y situaciones en las que necesitarás ayuda.

No puedo prometerte que todo sucederá exactamente como deseas. Pero sí puedes recordar las promesas que te he dejado y encontrar en ellas una esperanza que no dependa de tenerlo todo bajo control.

Vuelve a mi Palabra. Habla conmigo con sinceridad. Rodéate de personas que te ayuden a crecer. Y cuando no puedas correr, camina. Cuando no puedas caminar deprisa, avanza despacio. Y cuando necesites detenerte para recuperar fuerzas, no confundas una pausa con el final del camino.

Antes de terminar, quiero que recuerdes esto: No eres un error que necesita ser corregido para merecer amor.

Eres una persona que necesita amor mientras aprende, crece y cambia.

No eres únicamente aquello que otros dijeron de ti.

No eres solamente la peor decisión que tomaste.

No eres la suma de tus pérdidas, tus decepciones o tus fracasos.

Tu historia es más amplia que tu dolor actual. Y aunque no puedo prometerte una vida sin lágrimas, puedes encontrar en mí una esperanza que no desaparece cuando llegan las dificultades.

Cuando te sientas solo, recuerda que puedes acercarte a mí.

Cuando te sientas culpable, reconoce tu error y busca mi perdón.

Cuando tengas miedo, pide sabiduría y da el siguiente paso.

Cuando estés cansado, permite que otros te ayuden.

Cuando seas feliz, disfruta de lo que has recibido y aprende a dar gracias.

Y cuando no sepas qué hacer, no tengas miedo de reconocerlo.

No necesitas tener todas las respuestas para seguir caminando.

No midas mi amor por ti según la facilidad o dificultad de tu camino.

Y no midas tu vida solamente por lo que todavía te falta alcanzar.

Hay belleza en lo que estás aprendiendo. Hay valor en cada paso honesto. Hay esperanza en los comienzos que todavía no te atreves a imaginar.

Sigue caminando.

Busca la verdad.

Ama a los demás.

Cuida tu corazón.

Permite que te ayuden.

Y no dejes de acercarte a mí.

Con amor que te llama a volver, con gracia que te invita a levantarte y con una esperanza que te anima a continuar.

Porque no tienes que ser perfecto para acercarte a mí. Puedes venir tal como estás y dejar que mi amor te encuentre en el lugar donde te encuentras hoy.

Con amor,

Una reflexión inspirada en el amor, las enseñanzas y las promesas de Jesús

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