“Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” — Marcos 8:36
Vivimos en una sociedad que nos enseña a medir el éxito: cuánto tenemos, cuánto hemos conseguido, cuántas personas nos conocen, qué posición ocupamos o cuánto hemos avanzado.
Y no hay nada malo en crecer, trabajar, tener metas o querer hacer las cosas bien. El problema aparece cuando lo que debería ser una herramienta termina convirtiéndose en nuestro propósito. Porque es posible alcanzar aquello que siempre soñaste y descubrir, cuando finalmente lo tienes, que tu corazón se ha quedado vacío.
A veces pensamos que las dificultades son las que más pueden apartarnos de Dios. Y ciertamente pueden hacerlo. Pero también existe otro peligro mucho más silencioso: que nos vaya demasiado bien.
Cuando todo funciona, podemos comenzar a depender menos de Dios. Ya no oramos porque tenemos recursos. Ya no preguntamos porque creemos tener experiencia. Ya no buscamos dirección porque pensamos que sabemos qué hacer. Y poco a poco, sin darnos cuenta, aquello que Dios permitió que llegara a nuestras manos comienza a ocupar el lugar de Dios en nuestro corazón.
El rey Uzías: cuando la bendición se convirtió en orgullo. La historia del rey Uzías es una advertencia poderosa.
La Biblia dice que mientras buscó al Señor, Dios le hizo prosperar. Su reino creció, su ejército se fortaleció y alcanzó gran reconocimiento.
Pero entonces ocurrió algo: “Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina.” — 2 Crónicas 26:16
El problema no fue que Uzías prosperara. El problema fue que su prosperidad comenzó a convencerle de que ya no necesitaba depender de Dios. Lo que había recibido como bendición terminó convirtiéndose en una fuente de orgullo. Y eso puede ocurrir también con nosotros.
No todo lo que aumenta tu vida aumenta tu corazón. Puedes tener más responsabilidades y menos tiempo con Dios. Más reconocimiento y menos humildad. Más recursos y menos generosidad. Más seguidores y menos intimidad. Más conocimiento bíblico y menos obediencia. Más actividad ministerial y menos presencia de Dios.
Por eso debemos preguntarnos periódicamente: “¿Lo que estoy construyendo me está acercando a Dios o me está haciendo sentir que ya no lo necesito?”
Jesús cambió completamente nuestra definición de éxito. Para Él, ganar no consiste simplemente en conquistar. Consiste en permanecer fiel. No se trata únicamente de cuánto conseguimos, sino de en quién nos convertimos mientras lo conseguimos. Puedes alcanzar una posición importante y seguir teniendo un corazón humilde. Puedes tener recursos y seguir dependiendo de Dios. Puedes liderar a muchas personas y seguir sabiendo que tú también necesitas ser pastoreado. Ese es el éxito que permanece.
Hoy detente y revisa tres áreas:
- Lo que tienes: ¿Lo consideras una bendición de Dios o una posesión exclusivamente tuya?
- Lo que estás construyendo: ¿Tus proyectos están alineados con los propósitos de Dios?
- Tu corazón: Si mañana perdieras aquello que hoy consideras éxito, ¿seguirías amando a Dios de la misma manera?
Esta última pregunta puede ser incómoda, pero también puede ser profundamente reveladora.
Dios no tiene problemas con que crezcas. No tiene problemas con que prosperes. No tiene problemas con que alcances metas. El problema aparece cuando la bendición ocupa el lugar del que bendice. Que nuestros logros nunca sean más importantes que nuestra relación con Dios. Que podamos recibir mucho sin olvidar de dónde viene. Y que cuando Dios aumente nuestras responsabilidades, nuestros recursos o nuestra influencia, también aumente nuestra dependencia de Él.
Porque al final, el mayor éxito no será poder decir: “Mira todo lo que he conseguido.”
Sino poder mirar atrás y decir:
“En todo lo que conseguí, nunca dejé de caminar con Dios.”

0 comentarios