Cuando la identidad se fragmenta: una mirada bíblica y pastoral al fenómeno “Therian”

En los últimos meses ha ganado visibilidad en redes sociales el fenómeno de los “Therians”, personas que afirman identificarse con un animal concreto. Este hecho provoca que sientan, piensen y se comporten como tal.

El punto clave de esta tendencia es una búsqueda intensa de identidad en una sociedad marcada por la ausencia de límites. Esto conlleva una falsa seguridad al poder elegir “quién soy o qué soy”.

Cuando la identidad se desancla de la realidad creada por Dios, las consecuencias no son menores.

  1. La crisis contemporánea de identidad

Vivimos en una era donde la identidad se ha convertido en un proyecto personal moldeable. La narrativa dominante afirma que “ser auténtico” equivale a “definirse a uno mismo sin límites externos”. Sin embargo, la psicología clínica y evolutiva ha señalado repetidamente que la identidad saludable se construye integrando:

• Autoconcepto estable: es decir, la imagen, percepción y creencias que una persona tiene sobre sí misma.
• Coherencia narrativa personal: es decir, la historia de vida que creamos sobre nosotros mismos al dar un sentido lógico a lo que vivimos.
• Reconocimiento del propio cuerpo como parte de la identidad. El cuerpo no se puede desvincular de lo que somos, de cómo pensamos, sentimos y de las vivencias que tenemos.
• Integración social y sentido de pertenencia real.

Cuando estos aspectos se alteran, puede aparecer la incoherencia cognitiva, la despersonalización o la difusión de la identidad. Estos términos se usan en psicología. Significan que vemos nuestro cuerpo como algo ajeno, hay una construcción alterada de la identidad (ya no sé quién soy) y pensamos que lo que estamos viviendo no es real. Todo ello provoca inseguridad, inestabilidad, vacío interno y dificultades para establecer compromisos personales.

En muchos casos, la identificación con un animal funciona como:

• Vía de escape ante el dolor emocional, el rechazo social o experiencias traumáticas. Se crea otra personalidad y estilo de vida separado del original como protección. “Si no soy esa persona, lo que me duele ya no me puede doler porque no me pertenece.”
• Mecanismo psicológico para expresar aspectos que la persona no logra integrar o desarrollar en su vida real (fuerza, libertad, protección, agresividad, invisibilidad…).

No es trivial. Es una señal de ayuda desesperada donde el “yo” interno está buscando orden y paz.

  1. Cuando la desconexión se convierte en ruptura

La Escritura afirma que el ser humano fue creado “a imagen y semejanza de Dios” (Génesis 1:26-27). Esa afirmación no es poética, es estructural: nuestra identidad está anclada en un marco definido por Dios.

Cuando el ser humano intenta redefinirse fuera de ese marco, entra en un proceso de distorsión. El apóstol Pablo lo expresa en Romanos 1:25: “cambiaron la verdad de Dios por la mentira”.

La historia bíblica nos ofrece un ejemplo impactante en la figura del rey Nabucodonosor II. En Daniel 4 se narra cómo, en su orgullo y desconexión de la soberanía de Dios, terminó viviendo como una bestia del campo: comía hierba como los bueyes, su cuerpo se empapaba con el rocío y su cabello creció como plumas.

No fue un simple episodio anecdótico. Fue la manifestación visible de una degradación interior: cuando el hombre rechaza la verdad sobre quién es delante de Dios, pierde su centro.

El texto no glorifica ese estado; lo presenta como juicio y humillación. La restauración solo llegó cuando “alzó sus ojos al cielo” y reconoció la autoridad divina.

  1. ¿Por qué es peligroso normalizar estas prácticas?

Desde una perspectiva pastoral y social, el riesgo no está únicamente en la conducta externa, sino en dinámicas que favorecen:

a) Debilitamiento de la realidad. Si la identidad deja de estar vinculada a la biología, a la creación y a la naturaleza humana, entramos en un relativismo antropológico donde cualquier autopercepción adquiere estatus de verdad incuestionable.

b) Refuerzo de procesos disociativos. Cuando se acepta una desconexión entre identidad interna y realidad corporal, se pueden reforzar dinámicas de escapismo psicológico o fragmentación del “yo”, en lugar de desarrollar herramientas de afrontamiento y madurez emocional.

c) Vulnerabilidad en la adolescencia. La etapa adolescente es especialmente sensible en la construcción del “yo”. Las identidades alternativas pueden convertirse en sistemas cerrados que:

  • Aíslan del entorno real.
  • Refuerzan un entorno virtual.
  • Impiden el desarrollo de habilidades sociales reales.

d) Impacto cultural acumulativo. Las sociedades se sostienen sobre una comprensión compartida de la naturaleza humana. Cuando esa base se erosiona, se debilitan también estructuras educativas, jurídicas y éticas.

No es simplemente “una moda excéntrica”. Es un síntoma de una cultura que ha perdido su anclaje trascendente.

  1. La raíz espiritual del problema

En el fondo, el fenómeno no trata de animales. Trata de identidad.

El enemigo siempre ha intentado distorsionar la verdad sobre quiénes somos. Si logra que el ser humano dude de su diseño, también dudará de su propósito.

La Biblia no ridiculiza la confusión; la confronta con verdad y ofrece redención. La restauración de Nabucodonosor nos recuerda que incluso quien ha perdido completamente su centro puede volver a la cordura cuando reconoce a Dios.

  1. Nuestra respuesta como iglesia

No respondemos con burla.
No respondemos con agresividad.
Pero tampoco con silencio cómplice.

Respondemos con:

• Verdad clara: El ser humano no es un animal evolucionado sin propósito; es portador de la imagen de Dios.
• Acompañamiento pastoral: Muchos jóvenes que adoptan estas identidades están buscando pertenencia y significado.
• Formación sólida: Enseñar una antropología bíblica robusta, coherente y esperanzadora.
• Espacios seguros: Donde las preguntas profundas puedan abordarse sin juicio, pero con dirección.

  1. Un llamado a volver al diseño original

La identidad no se inventa; se descubre en relación con el Creador.

Cristo no vino a desdibujar lo humano, sino a redimirlo. En Él no perdemos nuestra humanidad; la recuperamos en su plenitud.

Hoy más que nunca necesitamos afirmar con convicción:

No somos lo que sentimos en un momento de crisis.
No somos lo que dicta una tendencia digital.
Somos creación intencional de Dios.

Y cuando levantamos los ojos al cielo —como hizo Nabucodonosor— la mente se aclara, el corazón se ordena y la identidad se restaura.

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