Lo que hay en ti también se transmite

«Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar».
Mateo 18:6

Hay una responsabilidad que muchas veces olvidamos cuando hablamos de nuestra vida espiritual: lo que cultivamos dentro de nosotros no se queda dentro de nosotros.

Nuestros pensamientos influyen en nuestras decisiones. Nuestras decisiones forman nuestras actitudes. Nuestras actitudes afectan a quienes nos rodean. Y, cuando alguien nos considera un referente espiritual, nuestra manera de vivir puede influir directamente en su forma de entender a Dios.

Podemos hablar de amor mientras guardamos resentimiento. Enseñar humildad mientras alimentamos el orgullo. Predicar unidad mientras sembramos división. Hablar de santidad mientras justificamos aquello que sabemos que debemos cambiar.

Y aquí aparece una pregunta incómoda, pero necesaria:

  • ¿Qué estamos transmitiendo espiritualmente a quienes están aprendiendo de nosotros?

1 – No podemos transmitir coherentemente aquello que nos negamos a vivir

Jesús advirtió en Mateo 7:16 que a las personas se las reconoce por sus frutos.

No dijo que se las reconocería por sus discursos, por sus conocimientos bíblicos o por su capacidad para hablar de Dios. Habló de frutos.

Esto no significa que debamos ser perfectos antes de enseñar, servir o ayudar a otros. Si así fuera, nadie podría hacerlo. Significa que existe una diferencia entre luchar honestamente contra nuestras debilidades y vivir deliberadamente en contradicción con aquello que enseñamos.

Una persona puede hablar de perdón mientras reconoce que todavía necesita sanar una herida. Pero es diferente enseñar que debemos perdonar mientras alimentamos el rencor y justificamos nuestra falta de misericordia.

Una persona puede enseñar sobre la importancia de la oración mientras atraviesa una temporada de sequedad espiritual. Pero es diferente animar a otros a buscar a Dios mientras desprecia conscientemente su propia comunión con Él.

Dios no nos pide que aparentemos haber llegado a la meta; nos pide que caminemos con sinceridad hacia ella.

La madurez espiritual no consiste en no tener luchas. Consiste en dejar que Dios también trabaje en aquello que enseñamos a los demás.

2 – Lo que guardamos en el corazón termina manifestándose

Jesús dijo en Lucas 6:45: «Porque de la abundancia del corazón habla la boca».

Lo que hay en nuestro interior termina encontrando maneras de salir.

Si cultivamos orgullo, tarde o temprano aparecerá en nuestra manera de tratar a los demás. Si alimentamos la murmuración, acabaremos normalizando palabras que destruyen la confianza. Si vivimos desde la envidia, nos costará celebrar sinceramente el crecimiento de otros.

Y no siempre será mediante una enseñanza explícita. A veces transmitiremos nuestro interior con una mirada, una reacción, un comentario aparentemente insignificante o la manera en que tratamos a alguien que no puede ofrecernos nada a cambio.

Por eso, nuestra influencia espiritual va mucho más allá de lo que decimos desde un púlpito o compartimos en una reunión.

Nuestra vida también está enseñando, incluso cuando no somos conscientes de ello.

Quienes nos observan pueden aprender de nuestras palabras, pero también de nuestras contradicciones.

3 – Jesús tomó muy en serio el peligro de hacer tropezar a los pequeños

Las palabras de Jesús en Mateo 18:6 son especialmente contundentes.

Cuando habla de «estos pequeños», el contexto incluye a quienes creen en Él y necesitan ser recibidos, cuidados y protegidos. El principio alcanza a quienes tienen una fe vulnerable y pueden ser profundamente afectados por el comportamiento de quienes deberían ayudarles a crecer.

Jesús no presenta la influencia espiritual como un privilegio sin responsabilidades. La presenta también como una rendición de cuentas.

Imaginemos a un adolescente que aprende que debe amar a su prójimo, pero observa que quienes le enseñan desprecian a los que son diferentes.

Imaginemos a alguien que está comenzando su caminar con Dios y descubre que una persona a la que admiraba utiliza la Biblia para controlar, humillar o dividir.

Imaginemos a un niño que escucha que Dios ama a todos, pero experimenta rechazo precisamente dentro de la comunidad que le habla de ese amor.

¿Qué mensaje puede terminar recibiendo? Quizá no abandone la fe inmediatamente. Pero puede comenzar a asociar a Dios con actitudes que contradicen su carácter.

Por eso, hacer tropezar a alguien no consiste únicamente en inducirle a cometer un pecado. También debemos considerar cómo nuestro ejemplo puede confundir su conciencia, debilitar su confianza o convertirse en un obstáculo para su relación con Dios.

No podemos controlar todas las interpretaciones que otros hagan de nosotros, pero sí somos responsables de la manera en que vivimos delante de ellos.

4 – La incoherencia puede multiplicar sus consecuencias

El problema de una contradicción espiritual es que rara vez afecta únicamente a quien la vive.

Una persona que normaliza la murmuración puede influir en todo un grupo. Quien utiliza la manipulación para conseguir obediencia puede enseñar a otros que controlar es una forma legítima de liderar. Quien responde con orgullo cuando recibe una corrección puede transmitir que reconocer un error es una señal de debilidad.

Así, una actitud interior puede convertirse en una conducta compartida y, finalmente, en una cultura.

Lo que comenzó como algo tolerado en un corazón puede terminar afectando a una familia, un equipo de servicio o una congregación.

Por eso Pablo exhortó a Timoteo: «Sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza». — 1 Timoteo 4:12

Pablo no le dijo únicamente que enseñara correctamente. También le pidió que su conducta fuera un ejemplo.

Porque la enseñanza muestra un camino, pero el ejemplo ayuda a otros a comprender cómo se camina por él.

Y cuando ambas cosas se contradicen, quienes nos observan pueden terminar aprendiendo más de nuestra conducta que de nuestro discurso.

5 – Antes de corregir a otros, permitamos que Dios nos examine

Esto no significa que debamos callar cada vez que tengamos una debilidad, ni que solamente las personas perfectas puedan servir. Significa que necesitamos mantener un corazón dispuesto a ser transformado.

David oró en el Salmo 139:23-24: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos».

Esa oración requiere valentía. Porque es fácil pedirle a Dios que cambie a quienes nos rodean. Lo difícil es permitirle que comience por nosotros.

Es fácil identificar el orgullo de otra persona, pero reconocer el nuestro puede costarnos mucho más.

Es fácil hablar sobre la unidad de la iglesia, pero examinar nuestras conversaciones privadas requiere sinceridad.

Es fácil pedir que los jóvenes tengan compromiso, pero preguntarnos qué ejemplo les estamos ofreciendo requiere responsabilidad.

Por eso, antes de preguntarnos qué estamos transmitiendo a los demás, necesitamos preguntarnos qué estamos permitiendo que Dios transforme en nosotros.

No para vivir obsesionados con nuestros errores, sino para evitar que nuestras áreas sin tratar se conviertan en heridas para otros.

No se trata de aparentar una vida transformada, sino de permitir que Dios nos transforme de verdad.

Para esta semana: ¿qué estás transmitiendo?

Dedica un momento a examinar tu vida delante de Dios:

  • ¿Hay alguna enseñanza que comparto con otros, pero que estoy descuidando en mi propia vida?
  • ¿Mis palabras acercan a las personas al carácter de Cristo o las alejan de él?
  • ¿Qué están aprendiendo de mí quienes tienen menos experiencia espiritual?
  • ¿Estoy dispuesto a corregir en privado aquello que no debería estar transmitiendo en público?

Y si descubres incoherencias, no te escondas ni te justifiques. Reconócelas delante de Dios, busca su ayuda y toma decisiones concretas para cambiar.

La gracia no nos exime de la responsabilidad; nos permite afrontarla sin tener que vivir fingiendo.

Un día tendremos que dar cuenta de nuestra propia vida delante de Dios. Y eso incluye la manera en que hemos utilizado la influencia que Él nos permitió tener.

No somos responsables de la salvación de los demás ni podemos decidir por ellos. Pero sí debemos tomar en serio el efecto que nuestras palabras, actitudes y decisiones pueden tener sobre su camino.

Quizá alguien esté aprendiendo a amar a Dios observando cómo le tratamos.

Quizá alguien esté aprendiendo a perdonar viendo cómo reaccionamos cuando nos ofenden.

Quizá alguien esté formando su concepto de la iglesia a partir de la manera en que le recibimos.

Por eso, no basta con preguntarnos si estamos enseñando la verdad. También debemos preguntarnos si nuestra vida está ayudando a otros a reconocerla.

No podemos pretender conducir a otros hacia una verdad que nosotros nos negamos a permitir que transforme nuestro corazón.

Que nuestras palabras anuncien a Cristo, que nuestras actitudes no contradigan su carácter y que nuestra manera de vivir nunca se convierta en una piedra de tropiezo para quienes están aprendiendo a seguirle.

Porque lo que Dios transforma en nosotros puede convertirse en una bendición para otros; pero aquello que nos negamos a tratar también puede terminar dañándolos.

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