“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.” (Juan 15:5)
Vivimos en una época en la que estar ocupados parece sinónimo de estar avanzando. Tener la agenda llena, participar en actividades, servir, organizar, ayudar, asistir a reuniones… puede hacernos sentir que estamos haciendo mucho para Dios.
Pero Jesús no dijo: “El que esté más ocupado llevará mucho fruto.” Dijo: “El que permanece en mí, este lleva mucho fruto.”
Y ahí encontramos una diferencia importante: actividad no es lo mismo que fruto. Podemos hacer muchas cosas en nombre de Dios y, al mismo tiempo, estar descuidando nuestra relación con Él.
Dios no busca solamente nuestras manos, sino también nuestro corazón
Es posible trabajar para Dios sin estar caminando con Dios. Marta es un ejemplo interesante. Ella estaba sirviendo, preparando todo y ocupándose de que las cosas salieran bien. Mientras tanto, María estaba sentada a los pies de Jesús escuchándolo. Jesús no reprendió a Marta por servir. El problema estaba en que su servicio había comenzado a ocupar un lugar que pertenecía a su relación con Él.
“Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria.” (Lucas 10:41-42)
Esto nos enseña algo importante: una buena actividad puede convertirse en una mala prioridad cuando desplaza nuestra comunión con Dios. No todo lo que hacemos es malo. Incluso puede ser algo bueno. Pero algo bueno puede convertirse en un problema cuando ocupa el lugar de lo esencial.
El fruto no se fabrica, aparece
Jesús utiliza una imagen muy poderosa: una vid y sus ramas. Una rama no tiene que esforzarse para “fabricar” uvas. Su función es permanecer conectada a la vid. El fruto aparece como consecuencia de esa conexión. De la misma manera, el fruto espiritual no nace simplemente de nuestra fuerza de voluntad. El amor, el gozo, la paz, la paciencia, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio propio son fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23). Por eso, quizá la pregunta no debería ser solamente: “¿Qué estoy haciendo para Dios?”
También deberíamos preguntarnos: “¿Qué está produciendo Dios en mí?” Porque podemos tener muchas responsabilidades espirituales y, sin embargo, estar cada vez más impacientes, orgullosos, irritables o desconectados de Dios. La actividad puede llenar nuestra agenda. El fruto transforma nuestro carácter.
Permanecer es más importante que aparentar
Vivimos en una cultura que premia lo visible. Lo que hacemos se puede mostrar. El fruto, en cambio, muchas veces crece en silencio. Nadie ve las raíces de un árbol, pero sin ellas no existiría ningún fruto. De la misma manera, hay cosas que Dios desarrolla en nosotros lejos de los escenarios, de los micrófonos y de los aplausos.
- La oración que nadie escucha.
- La decisión correcta que nadie conoce.
- El perdón que nadie celebra.
- La paciencia que aprendemos en una situación difícil.
- La fidelidad cuando nadie está mirando.
Ahí también está trabajando Dios. Por eso, nuestra vida espiritual no puede depender únicamente de cuánto hacemos delante de los demás. Dios también está interesado en quiénes somos cuando nadie nos está viendo.
A veces necesitamos hacer menos para permanecer más
Esta puede ser una de las decisiones espirituales más difíciles. No porque todas nuestras actividades sean incorrectas, sino porque algunas veces hemos aprendido a medir nuestra importancia por nuestra utilidad. Pensamos:
- “Si no lo hago yo, no saldrá.”
- “Necesitan que esté.”
- “Tengo que estar en todo.”
- “Hay demasiado por hacer.”
Y poco a poco podemos terminar sirviendo tanto que dejamos de disfrutar de Aquel a quien estamos sirviendo. Jesús mismo se apartaba de las multitudes para orar.
“Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba.” (Lucas 5:16)
Si Jesús consideraba necesario detenerse, nosotros también necesitamos aprender a hacerlo. Descansar, parar y permanecer también forman parte de la vida espiritual.
La pregunta no es cuánto hacemos, sino desde dónde lo hacemos El problema no es servir. El problema es servir desconectados de la Fuente. El problema no es tener responsabilidades. El problema es permitir que nuestras responsabilidades sustituyan nuestra relación con Dios. No necesitamos demostrarle a Dios cuánto podemos hacer. Necesitamos permanecer cerca de Él. Porque cuando permanecemos, nuestras acciones dejan de ser simplemente actividad y comienzan a convertirse en fruto.
Esta semana haz una pausa y pregúntate:
- ¿Estoy haciendo muchas cosas para Dios, pero dedicando poco tiempo a Dios?
- ¿Mi servicio está produciendo en mí más amor, paciencia y humildad?
- ¿Estoy intentando producir por mis propias fuerzas lo que solamente puede producir el Espíritu?
- ¿Hay alguna actividad que necesito soltar para recuperar mi comunión con Dios?
Quizá esta semana Dios no te está pidiendo que hagas más. Quizá te está invitando a permanecer más. Porque una rama conectada a la vid no necesita demostrar que está viva. El fruto terminará hablando por ella

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