Si alguno hubiere pecado… restituirá aquello que robó… y añadirá a ello la quinta parte. (Levítico 6:2-5)
REFLEXIÓN
En muchos discursos actuales, la palabra restitución se ha reducido a la idea de “recuperar lo perdido” o “recibir lo que me deben”. Sin embargo, el concepto bíblico de restitución es mucho más profundo y, sobre todo, comienza en el corazón antes que en las circunstancias.
En la Escritura, la restitución no parte de una exigencia hacia otros, sino de una responsabilidad personal delante de Dios. Implica reconocer el daño causado, asumir la falta y restaurar lo que fue quebrantado. No se trata solo de devolver algo material, sino de volver al orden correcto establecido por el Señor.
Zaqueo es un ejemplo claro de esta verdad. Tras encontrarse con Jesús, no pidió restitución; él la ofreció. La gracia no lo llevó a reclamar, sino a corregir. La restitución fue el fruto visible de un corazón verdaderamente arrepentido.
Dios es justo y restaurador, sí, pero su justicia no ignora la responsabilidad humana. Cuando hablamos de restitución bíblica, hablamos de integridad, de arrepentimiento genuino y de una fe que se traduce en acciones concretas.
APLICACIÓN PRÁCTICA
- Examina tu corazón delante de Dios y pregúntate si hay áreas donde necesites restituir: palabras, actitudes, tiempo, relaciones o decisiones.
- Comprende que restituir no te empobrece; te alinea. La obediencia siempre produce paz, aunque cueste.
- Como iglesia, promovamos una fe responsable, donde la gracia no sea excusa para evitar la verdad, sino el impulso para vivirla con integridad.
Recuerda: la restitución no es una pérdida; es el camino hacia una conciencia limpia y una relación restaurada con Dios y con los demás.
ORACIÓN
“Señor, gracias por tu gracia que nos perdona y nos transforma. Muéstranos con claridad dónde necesitamos restituir y danos un corazón humilde para obedecer. Queremos vivir conforme a tu verdad, no solo recibiendo tu perdón, sino caminando en justicia e integridad. Amén.”

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